¡Ni una más!

Teresa Fernández Paredes*

Ciudad Juárez es una ciudad de contrastes. Dura como todas las ciudades de frontera y punto de encuentro de personas llegadas de distintos lugares con la esperanza de encontrar trabajo en una de sus maquiladoras o de cruzar al otro lado. Una ciudad donde se producen las más terribles situaciones de violencia, pero también donde luchan algunas de las mujeres más valientes que he tenido la oportunidad de conocer. Una ciudad con temperaturas extremas que pasan del calor seco y asfixiante a las cifras bajo cero, fruto de su localización en el medio del desierto de Chihuahua. Y es precisamente este desierto el que ha sido testigo de una de las peores lacras de Ciudad Juárez: la violencia feroz y sistemática contra las mujeres y, concretamente, contra niñas y jóvenes, que un día no vuelven a sus hogares ni contestan a las llamadas desesperadas de sus familiares y cuyos restos terminan apareciendo abandonados y semienterrados entre las arenas.

Pero estas jóvenes mujeres no están solas. Desde el primer momento de su desaparición, su ausencia genera angustia a sus madres, sus padres y a toda su familia, que comienzan entonces su larga, complicada y dolorosa búsqueda. Es un peregrinaje para conseguir que las autoridades les escuchen, les crean y se involucren activamente en la búsqueda de sus desaparecidas. Y luego la espera. La terrible espera sin saber qué ha sido de ellas, qué les ha pasado, si han sufrido o si están sufriendo, todo esto con la terrible sombra de las cifras y los datos de Juárez siempre presente. Más de 600 mujeres asesinadas y más de 1.100 desaparecidas violentamente en la ciudad solamente entre los años 2010 y 2012[1].

Sin embargo, estas madres y padres no pierden la esperanza y las buscan, no dejan de buscarlas ni un momento. Ejemplo de ello son Olga Esparza y Ricardo Alanís, padres de Mónica Llanet, una joven estudiante de Administración de Empresas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez desaparecida el 26 de marzo de 2009, a quienes tuve el privilegio de conocer en Ciudad Juárez. Mónica llamó a su madre el día de su desaparición para decirle que llegaría más tarde a casa porque iba a hacer un trabajo con unas amigas, pero nunca regresó. Su teléfono enmudeció y el tiempo se detuvo para su familia. La denuncia de la desaparición se realizó con más rapidez de la acostumbrada, Ricardo Alanís tenía un conocido en comisaría y consiguió que se interesase por su hija. Tampoco tuvo que pelearse porque le creyesen, ni tuvo que escuchar comentarios prejuiciosos y estereotipados sobre su hija como que “estará por ahí de fiesta” o que “se habrá ido con el novio, ya vendrá”.

Pese a ello, la familia denunció desde un primer momento que las líneas de investigación eran muy débiles y que las diligencias, emprendidas por las autoridades a cuenta gotas, no parecían avanzar en ninguna dirección y se centraban únicamente en la familia y el entorno más cercano de Mónica, sometiéndoles una y otra vez a los mismos interrogatorios que no desembocaban en acciones concretas sino en una mayor revictimización para ellos. De hecho, durante meses, la única línea de investigación abierta fue contra el propio Ricardo Alanís, sin ningún fundamento, pero sí atemorizando a la familia y dilatando la búsqueda de Mónica… Y eso pese a que en estos casos, la experiencia dicta que las primeras horas son vitales para encontrar a las jóvenes con vida. Más bien el sentido común que la experiencia, porque hasta la fecha, únicamente las niñas y mujeres que se habían ido voluntariamente de sus casas han sido encontradas vivas.

Durante todos estos años Olga Esparza y Ricardo Alanís se aferraron a la esperanza de que su hija podía seguir viva, quizás víctima de una de las tantas redes de trata que operan en México y en esa zona del país en particular. Exigiendo justicia, recorrieron kilómetros e instituciones. Su camino se prolongó hasta la capital mexicana, donde se presentaron ante las Naciones Unidas y le pidieron al Presidente en persona que hiciese algo para encontrar a su hija. Todo ello a la par que denunciaban y exigían justicia, verdad y reparación para las otras niñas desaparecidas en su ciudad a través del Comité de Madres y Familias Unidas por Nuestras Hijas, del cual son fundadores.

Desafortunadamente, su búsqueda terminó el pasado 21 de diciembre de 2013. Ese día la familia recibió la llamada que siempre temió. La llamada que les decía que sus muestras genéticas habían coincidido con la de uno de los restos óseos encontrado en la sierra del Valle de Juárez. Esta era la temida confirmación de la muerte de su hija de forma violenta, prematura, innecesaria. Posteriormente descubrieron que Mónica había sido encontrada en el año 2012 y que desde entonces sus restos habían estado almacenados en el Servicio Médico Forense. Es decir, pasaron casi dos años antes de ser notificados de la muerte de su hija; dos años para que les fuese devuelta. El Servicio Médico Forense no les ofreció ninguna explicación sobre el porqué de este retraso injustificable.

Este blog es un pequeño intento de homenajear a una gran madre y a un gran padre. De unirnos al dolor que solo ellos y el resto de madres y familiares de niñas desaparecidas pueden conocer. Y de denunciar la ineficacia de la respuesta institucional mexicana y el contexto de impunidad estructural en que permanece Juárez, perpetuando la violencia contra las mujeres y las niñas. Porque ya basta de feminicidios ¡Ni una más!

 

Links:

Comunicado de prensa de los padres de Mónica y de Red Mesa

Noticias de prensa relacionadas:

Confirman que restos son de Mónica Janeth Alanís

Tardan 22 meses en notificar a familiares hallazgo de los restos de su hija

Links a los amicus de Women´s Link:

–       Primer amicus cuando el caso Campo Algodonero se estaba litigando

 

*Abogada de Women’s Link Worldwide.

[1] Estos datos se obtienen de acuerdo con la documentación hemerográfica sobre el feminicidio en Juárez elaborada por la Mesa de Mujeres.

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